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Suave melodía

Suave melodía

¿Qué significa esta multitud de sensaciones que te invaden con sólo acariciar la mirada de algún desconocido? Algo inesperado, ¿signo de inmanencia? Un paso hacia la trascendencia.

 

Su intensa mirada, el rostro oval que se esbozaba gracias a su oscura melena lo encubría de misterio. Su barba de varios meses ciñendo su boca lo hacían parecerse a un dios griego. Se desprendía algo incomprensible, siempre que lo veía, se volvía cada vez más enigmático e irresistiblemente atractivo. Despertaba sudando en mis sábanas frías con la sensación de que sus ojos me habían atravesado dejándome descubierta a la merced de este ser sibilino. Cuando sus labios empezaban a moverse, sentía que todo mi cuerpo se estremecía y, si, justo en este instante, a su mirada le tocaba cruzarse con la mía me confundía y me derretía aún más. No logro acordarme de cómo ocurrió pero un día, se acercó a mí, se presentó sencillamente. Me quede boquiabierta, reservada, balbucí unas cuantas palabras. Me dio cita para más tarde.  Cita a la cual no me quedaba otra opción que asistir. Pensar en él era como una bocanada de aire puro: un sentimiento inexplicable del cual uno, de repente, uno se llena sin previo aviso y que te llena de plenitud. Momentos exquisitos novedosos, experimentos de satisfacción plena: que te llenan el alma.

 

Al verlo ahí caminando, aproximándose, medio lejos todavía, de pie, seguro de sí mismo, el cabello suelto, una playera sin mangas, blanca, con una Catarina en frente, los brazos cubiertos de tatuajes, todo apretado en su pantalón de mezclilla, sentí como se me pizcó el corazón un segundito, ¡no más! Me saludó y me llevo a descubrir su secreto interior. Anochecía y nuestra plática no se agotaba, me emborracha con sus deliciosas palabras. Bebía todo lo que brotaba de este hombre que sólo lograba emocionarme más. Su mano rozó delicadamente mi mejilla, recogió mi cabello atrás de mi oreja, mi cuerpo entero se puso a temblar. Lo rechace, asustada por la invasión de mi privacidad, de mi intimidad. Hasta que mi cuerpo ardiente ya no pudo resistir y me traicionó.

 

Ahora siempre que lo percibo, siento como mi ser se satura, como lo que sale de mi boca no tiene ni el menor sentido, como me provoca con su deseo estando a tan sólo unos metros de mí. Al tantear la exaltación que se desprende de mi esencia, me incita hacia el pecado. Sea un tropiezo, sea un desliz, aún no lo sé pero reconozco que no me deja indiferente.

Dice la canción, “nadie, nadie más que tú para enamorarme, nadie, nadie más que tú para ilusionarme, nadie, nadie me ha hecho suspirar de este modo que sólo consigues tú, nadie, nadie más que tú me ha quitado el sueño”. Y así es, lo resume todo y no se puede prescindir de lo que sigue “ámame suavecito, ámame despacito, ámame con tú solo sabes amar”.

El sueño

El sueño

El sol huyó dejando la noche extendiéndose, si hay algo de vida es por la luna que luce. Bajar la luz, sentirse solo en la tierra, mirar a las estrellas sin mover una pestaña. Acostada en este cuarto bajo los techos, dejar que te encubre el jazz. Este jazz que sientes invadirte. Cuando lo oye, se desvanecen las dudas, escuchar la melodía del piano, rezar para que regrese otra y otra vez esta sinfonía, que se cante, que se baile, que se vacile, sentir que el mundo entra en trance. Cuando toca el saxófono, imagina al misterioso sosteniendo de sus manos la máquina haciendo el coro, sentir lo que te mueve. Suena hermoso, mágico, sabe que así es como se ama. Se vuelve una razón de vivir, te vuelves feliz y es maravilloso, descubres como el jazz es la esencia misma de la libertad.

Detective

Detective

Sus ojos ardientes eran lo primero que se le notaba, unos ojos de camaleón, ojos grises punteados de verde en la oscuridad, ojos verdes punteados de azul cuando le daba el sol. A ella, no le gustaba el sol, tampoco el frío, tampoco la lluvia, sólo le gustaba la oscuridad. Recostarse un viejo camastro desgatado por el paso del tiempo, con sólo el tragaluz que dejara pasar la brillantez de la luna llena. Ahí, en su fortaleza, de medio piso donde uno ni siquiera cabía de pie, era aquí donde se sentía en seguridad, donde podía pensar, donde podía librarse a sus pensamientos más intensos. Luego, ponía su disco favorito, el que siempre entraba en bucle: un jazz francés, suave, ligero, lleno de misticismo que la hacía estremecerse. En este cuarto donde escuchamos llegar el amanecer, todos durmiendo pero ella soñando con la noche.

 

Y cuando finalmente, decide abrirse al mundo. Sale a caminar por las calles en búsqueda de la felicidad, ¿sería que la reconoció o sería que se la tiene que llorar?